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Civilización Maya: historia del arte americano

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La civilización maya —la más avanzada de las grandes culturas de toda América Central— produjo una arquitectura espectacular. Decenas de ciudades, centenares de monumentos, salpican la gran selva tropical de Guatemala, Honduras, Belice y México, así como la floresta de Yucatán.

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Ciudad de Tulum


     En Quintana Roo, Campeche y Chiapas, en Petén y en las tierras altas de la sierra volcánica guatemalteca, las tribus de los mayas crearon entre el comienzo de nuestra era y el siglo XII un número considerable de impresionantes monumentos.
El país maya —formado, de un lado, por las tierras bajas que iban de Petén a Tabasco y de Belice a Yucatán, y del otro, por regiones montañosas dominadas por los volcanes en erupción del sur de Guatemala, de El Salvador y de una franja occidental de Honduras— se extiende aproximadamente a lo largo de 1.000 Km. de norte a sur y 600 Km. de este a oeste. La tierra maya está situada al sur del Trópico de Cáncer. Su centro está cubierto por la gran selva pluvial, de tipo amazónico, atravesada por el Usumacinta, un río caudaloso que corre a lo largo de la frontera entre México y Guatemala. Sus aguas fangosas se juntan con las del río Grijalva antes de desembocar en el golfo de México, en la costa de Tabasco.

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Choza maya, de paredes de caña y adobe y techumbre de paja gruesa


Las tierras donde se asienta el pueblo maya son pobres en minerales: excepto filones de obsidiana cerca de los volcanes y algún que otro yacimiento de jade, no había metales que permitieran el desarrollo de una orfebrería o de una metalurgia. No había ni oro ni plata. La aparición de una técnica del cobre y del bronce se deberá a otras poblaciones precolombinas, situadas en Colombia y en Ecuador. Las balsas con mercancías procedentes de estas regiones proporcionarán a los mayas, al final de la época clásica, los primeros objetos de culto y de adorno en oro y las primeras herramientas de metal.

 

 

Alto dignatario maya con traje de ceremonia


Hemos subrayado anteriormente que, durante la prehistoria, el destino puso a los precolombinos en la necesidad de forjarse por sus propios medios su cultura y sus formas de expresión. Así, por ejemplo, en arquitectura elaboraron su propio lenguaje. Esto vale tanto para las reglas fundamentales —la simetría, la ortogonalidad o la axialidad (inspiradas en el cuerpo humano: las vértebras, el cuerpo y el rostro)— como para los elementos de la construcción —vanos, puertas, pilares, columnas, capiteles, frisos, cornisas, escalinatas, dinteles, bóvedas, techos, etc—.
Sin embargo, su manera de construir presenta más de una similitud con la de las antiguas civilizaciones.

Templo I de Tikal

 

La similitud entre la arquitectura maya y las del Viejo Mundo es tan evidente que los primeros descubridores de las ciudades enterradas en la selva virgen de México y de Petén pensaron que los amerindios habían recibido influencias de Egipto, de Babilonia o de la Antigüedad clásica. Hacia la mitad de este siglo, las similitudes con los monumentos de Angkor —bóvedas abocinadas, templos soportados por altas pirámides con infinidad de peldaños, balaustradas de piedra, etc.— seguían suscitando la hipótesis de los contactos con pueblos del otro lado del Pacífico.

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Templo de los Guerreros, en Chichén Itzá, precedido de las Mil Columnas

 

Es cierto que los precolombinos no conocieron ni la rueda ni el torno, pero reinventaron las grandes leyes de la composición, propias del urbanismo y de la arquitectura: han sabido jugar con espacios externos, los llenos y los vacíos, las plazas rodeadas de edificaciones, la alternancia entre las masas horizontales de los palacios y la verticalidad de las pirámides; han utilizado terrazas y explanadas para marcar los niveles de las construcciones; han sabido construir conjuntos jalonados de esculturas, articular el tránsito mediante verdaderos arcos de triunfo; en una palabra, han convertido sus monumentos en signos externos de poder y de civilización.

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Una habitación del palacio de Bonampak (Chiapas), cubierta por un soberbio fresco decorativo


Todas las construcciones mayas se basan en la choza ancestral, con paredes de caña y adobe, cubierta por una techumbre de hojas de palma colocadas sobre un armazón de madera. La vivienda vernácula —perfectamente adaptada al clima tropical— se compone, en cada familia, de una o dos chozas casi siempre paralelas. Cada cabaña tiene un único espacio interno, en el que la luz entra por una puerta cuadrada, abierta sobre uno de los lados largos de la construcción. Esta puerta a veces se complementa con otra en el lado opuesto para que circule mejor el aire.
La planta es rectangular u ovalada, en cuyo caso los lados cortos de la choza son redondos, lo cual hace que las dos extremidades de la cubierta tengan forma cónica. Esta choza tradicional —que aún hoy se puede observar en las aldeas de Yucatán— se remonta al hábitat milenario de la época precolombina. No ha cambiado nada desde los albores de la sociedad maya, hace tres mil años.

jarrón maya policromado procedente del emplazamiento de Alta Verapaz


Cuando las tribus primitivas —en el período arcaico o formativo, entre 2.000 y 1.000 antes de nuestra era— construyeron los primeros conjuntos religiosos, consagrados a sus divinidades cósmicas, concibieron la morada de sus dioses del mismo modo que la choza: paredes de caña y adobe, techumbre de hojas de palma. Pero estos primeros templos se distinguen de las viviendas por la altura de las plataformas sobre las que se levantan. Estas terrazas, hechas de materiales que se habían ido acumulando a lo largo de los siglos, constituyen la base de los templos. Ensanchándolas y elevándolas, los mayas edifican inmensos pedestales de forma piramidal que soportan la casa del dios.

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fachada del Palacio de las Máscaras o "Codz Poop" de Kabah (Yucatán)

 

La costumbre de añadir nuevas plataformas por encima de las antiguas, para colocar cada vez más arriba la cella del culto, tiene dos consecuencias: obliga a los constructores a hacer, en la fachada del edificio, una escalinata axial que une el suelo con el nivel del santuario; pero también consagra un principio fundamental de la arquitectura precolombina, es decir, la llamada ley de las superposiciones.

Este principio —según el cual hay que reedificar un lugar de culto siempre en el mismo emplazamiento, y erigir sobre una pirámide antigua una construcción nueva, más importante— es una constante. Eso explica, sin duda, las dimensiones que alcanzan las pirámides mayas, que pueden llegar a tener 70 m, como para dominar mejor la selva. La superposición constituye así un sistema de crecimiento arquitectónico propio de los precolombinos. Permite a los arqueólogos encontrar, debajo de una construcción en ruinas, otra más antigua, en ocasiones perfectamente conservada.

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